Taller de danza y arquitectura y `Cartografías Invisibles´

El 27 de Junio comenzaba el festival Trayectos, con el Taller de Danza y Arquitectura, “Espacios que no vi” en el Digital Water Pavilion, de la mano de Ignacio Grávalos en la parte teórica y Lucía Reula en la parte práctica.

Ese mismo día fue publicado el artículo “Cartografías invisibles: espacios, trazas y huellas en la danza contemporánea” en el suplemento “Artes & Letras” de Heraldo de Aragón, de Ignacio Grávalos, arquitecto yprofesor de la Escuela de Arquitectura de la USJ. Se trataba de una reflexión sobre la danza contemporánea en el paisaje urbano.

Os dejamos aquí las sensaciones de Lucía Reula durante el taller, la transcripción del artículo de Ignacio Grávalos y unas imágenes de lo que fue el taller. Muy pronto, compartiremos con vosotros el vídeo que grabó Yago de Mateo.

La idea de realizar un taller de danza y arquitectura en el Digital Water Pavilion resultaba muy sugerente por las características del edificio, las cortinas de agua interactivas, y la disposición del mobiliario urbano en el espacio. Sin embargo, también suponía un gran desafío debido a la rugosidad del suelo (que impedía resbalar y bailar descalzo), a la dificultad de transmitir pautas (dado el ruido que producía la cascada), y a la presencia de dos bloques habitables que interrumpían el área diáfana.

Cortinas de agua del Digital Water Pavilion en el Taller ´Espacios que no vi´de danza y arquitectura. Foto: Marta Aschenbecher

Lucía Reula se propuso transformar los obstáculos en posibilidades, de manera que diseñó el taller desde una perspectiva más sensitiva que coreográfica. Así, se propuso a los participantes explorar el lugar y el momento, y jugar con el espacio interno y externo. Para ello, se lanzaron juegos individuales y por parejas, en los que se podían cerrar los ojos y dejarse guiar para explorar y reconocer los elementos y materiales del edificio.

Para contrarrestar la dificultad de la dispersión de sonido, las pautas eran dadas al oído, en vez de darlas de manera general a todo el grupo. De esta manera, se contribuía a la dualidad entre espacio íntimo y público y se mantenía el ritmo de propuestas a nivel general.

Taller ´Espacios que no vi´de danza y arquitectura. Foto: Marta Aschenbecher

Así, fueron sucediendo pequeños eventos coregráficos entre los componentes del grupo, diversos en edades y experiencia previa en danza. Entre ellos se encontraban los bailarines profesionales Los INnato, bailarines semiprofesionales, actores, profesores, improvisadas bailarinas sin ninguna experiencia previa en artes escénicas, bailarinas en edad escolar, y la propia guía del taller.

Todos los participantes crearon un bonito ambiente de escucha que sirvió para lanzar propuestas lúdicas, grupales e individuales, y que terminaron con un aplauso de los asistentes y el público. Nos quedamos con ganas de ver el vídeo, que próximamente compartiremos con vosotros en la web y en redes sociales.

Articulo de Ignacio Grávalos en el Heraldo de Aragón:

Cartografías invisibles: espacios, trazas y huellas en la danza contemporánea

En la década de los setenta un grupo de bailarines se propuso poner a prueba los límites de la danza. Abandonaron los teatros y salieron a actuar a la calle a experimentar las relaciones que podían establecer con la ciudad mediante acciones improvisadas, inesperadas y provocadoras, moduladas en cierto modo por el azar y con una clara voluntad de interacción con el espectador.

En 1970, en su pieza “Man walking down a side of a building”, Trisha Brown planteó ensayos experimentales en la escena urbana. En esta ocasión, un hombre caminaba por la fachada de un edificio sujeto por un arnés. Este desafío a las leyes gravitatorias constituía una cruda metáfora sobre la caída y el desequilibrio, pero también sobre la rebeldía y la ambición de apropiarse nuevos territorios. La danza conquistaba lugares imposibles y espacios inauditos, escenificando las aspiraciones del ser humano por despojarse de la gravedad. Así, el hombre intentaba abarcar, con ciertos matices oníricos, una realidad urbana que le sobrepasaba pero de la que se sentía profundamente atraído. Una ciudad que empezaba a cuestionar sus límites cartesianos, que no era comprensible en su totalidad pero que ofrecía espacios para la expectación, volviéndose flexible a los ojos del artista.

Man walking down the side of a building. Foto: Carol Goodden

Dos años después, de nuevo Trisha Brown, presentó “Roof piece”. Un grupo de bailarines ocuparon varias azoteas del SoHo de Nueva York. El primero de ellos realizaba una serie de movimientos que eran captados y reproducidos por otro dispuesto en una azotea vecina. Y a su vez, este hacía lo mismo con el siguiente y así sucesivamente. Al final lo que se producía era una transmisión de movimientos, con las consiguientes pérdidas y variaciones realizadas en el tiempo y en el espacio. Y todo ello en una escena formada por antenas, depósitos, chimeneas y escaleras; todos aquellos residuos que la civilización había tratado de esconder en las azoteas y que ahora era tratado de un modo cautivador.

Roof piece. Foto: Babette Mangolte

Con estas dos intervenciones, la danza no sólo buscaba espacios alternativos al interior de un teatro, sino que rastreaba otras experiencias posibles en el paisaje urbano. Y en esa búsqueda, creaba una segunda arquitectura, sutil, efímera, invisible, formada por todas aquellas huellas que iba tejiendo el artista y que tan sólo se registraban en la memoria. Se trataban de acciones fugaces y transitorias, que no aspiraban a permanecer y que tenían claros antecedentes en las primeras intervenciones dadaístas. Ese flujo invisible es el que recrea el bailarín apropiándose espacios cotidianos puestos en valor por el movimiento del cuerpo, que los va acotando, comprimiendo, desplazando o diluyendo en base a una coreografía más o menos improvisada.

Más allá de establecer una relación con el entorno, la danza pone en valor una dimensión narrativa, dramática, en la que el cuerpo se enfrenta no solo al contexto urbano sino a una sucesión de aproximaciones íntimas que le permiten establecer transiciones entre su propio cuerpo y el universo exterior. Un espacio entendido como una extensión epidérmica, que a pesar de ser exterior todavía sigue perteneciendo en cierta medida al cuerpo y que no atiende tanto a las leyes de la métrica como a las de la emoción. En ese sentido, el bailarín encuentra en su contacto con lo cotidiano espacios para la soledad, para la intimidad, el amor, el sufrimiento o la desesperación.

En otras ocasiones, el bailarín se enfrenta a un edificio construido, geométricamente muy determinado, y siente la necesidad de reinterpretarlo proponiendo una lectura alternativa, no prevista por la coreografía teórica del arquitecto. A través del movimientos y dislocaciones descubre un segundo espacio en el que evidencia aspectos que no resultaban obvios en una primera aproximación; flujos, desvíos, barreras virtuales, huellas, aceleraciones,… así como una relación trascendente con las texturas, la luz, la sombra, el peso, la ligereza y con todos aquellos elementos que inspiran a un cuerpo a moverse o a permanecer en reposo a través de unas coordenadas magnéticas, ocultas en la arquitectura y que están constituidas por una serie de trazos que van construyendo la memoria del lugar.

La interacción del bailarín con la ciudad pone de manifiesto el deseo intuitivo del ser humano de moverse, de avanzar y transitar por una arquitectura entendida como percepción y construcción simbólica del espacio (1), formando líneas virtuales que van hilvanando la geografía urbana.

Y nos podríamos preguntar el sentido último de este transitar por el espacio urbano. Carlo Levi, en otro contexto, decía: “Si la línea recta es la más breve entre dos puntos fatales e inevitables, las disgresiones la alargarán; y si esas disgresiones se vuelven tan complejas, enredadas, tortuosas, tan rápidas que hacen perder las propias huellas, tal vez la muerte no nos encuentre, el tiempo se extravíe y podamos permanecer ocultos en los mudables escondrijos.”(2)

Se trata en cierta medida de elaborar una lectura psíquica de la ciudad a través del movimiento, al igual que promovían los situacionistas en el París de los años 60. Y ese caminar produce cartografías invisibles, líneas que se disuelven en el vacío, espacios que ya nunca volverán a ser los mismos.

1. “Walkscapes. Camminare come pratica estetica”. Francesco Careri. Ed. Einaudi, 2006.

2. Introducción de Carlo Levi en “La vita e le opinioni di Tristram Shandy, gentiluomo” de Laurence Sterne. Ed. Einaudi, 1990.