¡A la rica ensalada de danza y emociones!

Además de ser un objeto curioso y que despierta la imaginación, la Máquina de Bailar llegó en los meses de marzo y abril de este año 2018 al CEIP Fernando el Católico en forma de una serie de sesiones dinamizadas de movimiento y estimulación dirigidas a los niños y niñas del colegio.

Como si fueran las piezas de una imaginada máquina espacial, estas sesiones tomaron tierra en la realidad concreta del alumnado de este colegio. Y una vez allí, se dispuso a trabajar e interactuar con la valiosa materia prima de los chavales de los cursos de 3º de Infantil, 1º y 2º de Primaria. En este caso, literalmente, el artefacto que hacía bailar había recibido años atrás el nombre de Lucía Reula y presentaba forma corporal de experimentada danzaterapeuta y coreógrafa.

Efectivamente, su labor en el CEIP Fernando el Católico tuvo mucho de coregráfica pero bastante también de gastronómica. Y no porque sea una zampabollos ni nada parecido. Más bien porque se propuso elaborar unas ricas y coloridas ensaladas con aquellos ingredientes en forma de niños y niñas que iban pasando por sus sesiones. Unos tenían sabor dulce, otros salado, algunos su punto de acidez…, y tampoco faltaban especias que aliñaran tan suculenta receta: un puñadico de impulsividad por aquí, algo para captar la atención por allí, un poco de contacto físico que nunca falte, aquello que se trae desde casa, la aceptación de lo que aparece, la motivación y recursos de un gran profesorado, y todo lo demás que aporta el colegio.

Para muchos de los niños fue la primera vez que probaban esta ensalada de danza y emociones, y conforme avanzaron las sesiones fueron saboreando con más intensidad su sabor ¿Sería de otra manera si este menú se repitiera de manera periódica en el “comedor” del colegio? Seguro que sí, pero alguna vez tiene que ser la primera.

Y a partir de todo esto fueron ocurriendo grandes y pequeñas cosas en las sesiones de Lucía en el CEIP Fernando el Católico.

Se fueron alcanzando los objetivos planteados cuando los chavales disfrutaban, cuando ampliaban sus recursos de movimiento, cuando establecían nuevas relaciones entre ellos y con sus profesores, cuando abrían su mirada.

El desarrollo de cada sesión comenzaba con la elaboración de un espacio propio por cada uno de los alumnos. Allí se movían y bailaban. Desde él, trazaban caminos que ponían en contacto su espacio con otros que cada cual elegía. Así se formaba una red de caminos entrecruzados que podían comenzar a recorrer de diferentes maneras. Además, cada grupo creaba su propia playlist para bailar con la música elegida por ellos mismos en la siguiente sesión.

Y, ya después de hacer los recorridos, aparecía el verdadero artefacto de la Máquina de Bailar, completamente desplegado. Y surgían las reacciones entre niñas y niños: “¡ha llegado la máquina de bailar!”, “¡pero no baila!”, “a mí no me hace bailar”, “parece una cámara de fotos, un tren, un coche, un trozo de madera con rayas pintadas”…, los niños tiene poco filtro a la hora de verbalizar sus pensamientos, no sienten que deban cumplir con muchas expectativas previas. Y sonríen muy a menudo.

De su visita al colegio Fernando el Católico, la Máquina de Bailar se lleva, entre otros muchos, un recuerdo especial. Fue haciendo el juego de las estatuas, que se detienen y se mueven según suena o no la música, cuando de repente se creó un momento en el que todos los niños quedaron completamente inmóviles y atentos a lo que ocurría. Fue un momento mágico, de un valor que no hay suficiente dinero en los bancos para llegar a calcularlo.

Texto: Félix A. Rivas

    

Fotos del proceso

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